A veces es bueno echarse a llorar y sacar todo lo que llevas dentro. Vomitar el dolor, la impotencia, la angustia, la rabia y todos aquellos sentimientos o sensaciones que sólo hacen las veces de un pesado saco sobre la espalda. A veces es bueno echarse a llorar y desprenderse de esa pesada carga que te impide continuar. A veces es necesario, para coger energía y seguir avanzando; dejarse caer, desplomarse, para después levantarse. El problema es cuando esto se convierte en una costumbre rutinaria, semanal, o incluso diaria. Pero, a veces, yo lo necesito.
Y ahora, qué
Qué hacer cuando ya lo has dado todo por perdido; cuando has perdido la esperanza; cuando te invade la desilusión y la desgana; la apatía y la desidia. Y ya ni tus ojalás ni tus teheañoradomuchomuchísimo me saquen una sonrisa.
Unodeabril
Hoy es uno de abril. Hoy, Kalendae Apriles, una nena me ha mirado, me ha sonreído y me ha hecho adiós con su manita derecha. Y a mí me han entrado ganas de llorar. Hoy, unodeabrildedosmildoce.
Origen del concepto de "cultura"
La palabra cultura aparece por primera vez como término teórico en la
obra Disputas tusculanas (45 años ANE) del orador y filósofo Marco Tulio
Cicerón. Etimológicamente, antes había estado ligada a la palabra
cultivar y se había empleado solo como término agrotécnico, vinculado al
cultivo de la tierra. Es Cicerón quien por primera vez utiliza esta
expresión en sentido figurado relacionándolo con la razón humana. Al
concebir la Filosofía como ciencia y continuar la tradición de Sócrates,
Cicerón examina los modos en que la Filosofía influye sobre la vida del
hombre, formulando su tesis acerca de que "la Filosofía es cultura de
la razón". De esta manera introduce el término cultura relacionada con
el conocimiento filosófico; así comienza la larga historia del concepto
cultura.
Viernes
Me despierto temprano. Son las 8, o las 8.30, no sé. Pero no importa. La luz del sol penetra tenuemente por las pequeñas rendijas de mi ventana. Me quedo un rato más en la cama. Es viernes, no tengo clase y hoy no nos encontraremos (este pensamiento va seguido de la sensación de angustia que tanto me suele acompañar cuando ya no estoy junto a ti). Es viernes y me descubro coleccionando recuerdos. Esos en los que aparecemos tú y yo. Y sonrío. Me descubro sonriendo mientras estoy tumbada en mi cama (esa que me hubiera gustado compartir alguna vez contigo), y sabes lo que me cuesta sonreír. Pero es viernes. Y tú ya no estás.
Carpe diem, quam minimum credula postero...
Si hace unos meses le hubieran dicho que volvería a tropezar nuevamente con la misma piedra con la que había tropezado tres años atrás (bendita piedra, ¿qué tendrá?), no lo hubiera creído. Es más, lo habría negado por completo, a quienquiera que se lo hubiese insinuado simplemente. Habría dado 325.987 razones. Y, sin embargo...
Sin embargo, habría sido inútil. Porque basta decir de este agua no beberé, para terminar ahogándote en tu propia bañera. En lágrimas, claro. Pero de tristeza. De alegría también, algunas veces, tampoco lo iba a negar... Él la hacía feliz, en aquel lugar, donde eran y existían, solos, casi día a día, en los atardeceres de invierno. Y, como consecuencia, siempre llovían lágrimas de tristeza, porque él la hacía inmensamente feliz. Y ella y él tenían fecha de caducidad. Ellos tenían un final (no feliz). Él decía que de mañana, no sabemos nada... pero ella sí lo sabía. Y por eso lloraba y lloraba... o reía, porque también reía, claro que lo hacía. Pero menos. Le costaba ser feliz teniendo presente que aquello acabaría; sabiendo que era temporal, efímero, transitorio... Pero le quería de una forma que pensaba que jamás podría volver a querer así a nadie más. Estaba segura, de hecho. Sentía como si fuese su alma gemela, como si le conociese de siempre, debían de haberse conocido en otra vida. Sí, debía ser eso. Y le abrumaba horrorosamente la idea de un final. Un final que estaba ahí, metiendo el dedo en la llaga, haciendo difícil cada vez más el día a día.
¿Dónde estará Horacio -pensaba- para que me susurre al oído aquello del carpe diem, quam minimum credula postero ("aprovecha el día de hoy, y no pongas de ninguna manera tu fe ni tu esperanza en el día de mañana")? Ojalá Morfeo me lo envíe en forma de sueño plácido y agradable, y que el padre Horacio me devuelva la fe en la felicidad, en el hoy al menos, si no puede ser en el mañana...
¿Dónde estará Horacio -pensaba- para que me susurre al oído aquello del carpe diem, quam minimum credula postero ("aprovecha el día de hoy, y no pongas de ninguna manera tu fe ni tu esperanza en el día de mañana")? Ojalá Morfeo me lo envíe en forma de sueño plácido y agradable, y que el padre Horacio me devuelva la fe en la felicidad, en el hoy al menos, si no puede ser en el mañana...
Y, de repente, zas.
Pues ya ves, las vueltas que da la vida -se decía a sí misma mientras miraba su ojeroso rostro en el espejo. El color grisáceo que rodeaba sus ojos era el reflejo de aquellos últimos años, en los que había tratado de desintoxicarse de él; había intentado con todas sus fuerzas aprender a vivir con su ausencia, sin verle, sin escribirle, sin abrazarle, sin que le abrazara para apaciguar su dolor. El empeño en conseguir todo esto había dado sus frutos, pequeños, eso sí, pero los había dado. Y es consciente de que no era nada fácil. Estaba completamente enganchada a él. Era como una droga. Lo necesitaba para vivir. Y, si no, lloraba. Lloraba desconsoladamente, lo que le llevaba a necesitar sus abrazos, que le hacían llorar de nuevo. Se había convertido en un círculo vicioso y tenía que salir de allí. Parecía que lo había conseguido, sí, -se decía a menudo frente al espejo.
Y, de repente, zas. Y en toda la boca, además. De pronto se encontró de nuevo sumergida en sus labios, rodeada por sus brazos, embriagada por su olor, e intoxicada, de nuevo, por todo lo que él representaba para ella. Había recaído. Había vuelto a engancharse a aquella peligrosa droga. Y, aunque, lo estaba viendo venir a cámara lenta; aunque supiera que esta recaída sería más perjudicial para ella que la vez anterior; aunque asumiera que algún día todo esto se esfumaría del mismo modo que había llegado; a pesar de ser consciente de todo lo que estaba sucediendo y de lo que sucedería, quería seguir enganchada a él. Quería seguir intoxicada; queria sentir cómo le embriagaba su olor cada vez que le abrazaba; quería seguir sumergiéndose en sus labios y quería permanecer indefinidamente rodeada por sus brazos. Quería detener el tiempo, en definitiva.
Nueva habitación
Cambié de habitación. Era invierno y en mi dormitorio de siempre no lograba estudiar. La atmósfera me rodeaba con su incesante llanto. Una tristeza permanente embriagaba toda la diminuta estancia y se filtraba por los poros de mi piel piano, piano. Era necesario (necesse erat) que mi vida diese un pequeño giro, aunque sólo fuese empezando por cambiar de habitación. Si lograba despojarme de aquel desánimo, de aquella debilidad que oprimía mi cuerpo, de aquel abatimiento que adormecía todos mis sentidos, quizás sería capaz de comenzar a salir adelante. Aunque sólo fuese el principio de un largo recorrido que todavía hoy en día creo que se encuentra a medio camino.
De manera que una buena mañana, a pesar de lo que me costaba tomar decisiones importantes por aquellos meses, decidí que esa mañana la emplearía sólo y exclusivamente en mí y en mi nueva habitación.
Ahora escucho el llanto de un bebé que me atormenta a todas horas.
No al cuadrado
No. Rotundamente, no. Esta vez no vas a hacerme sentir culpable. No vas a torcer las cosas a tu antojo para que queden a tu medida. No, no y otra vez, no. Ya basta. No voy a pedir disculpas por no querer verte. No voy a pedir perdón porque vinieras el día de mi cumpleaños y me lo destrozaras, tal y como lo hiciste. No tenías ningún derecho. Era Mi Día y ahora está marcado de por vida. Tengo derecho a no querer que vuelvas a hacerme una cosa así. Tengo derecho a enfadarme y no voy a disculparme ni voy a sentirme mal por ello. Yo también merezco ser feliz. Dixi.
Cosas (in)significantes
El desorden aumentó esa tarde. Tanto oro en manos de los soldados significaba bebida y juego. Germánico decidió que no estaba bien que Agripina, que se encontraba con él, siguiese en el campamento. Ella estaba embarazada otra vez y aunque sus hijos, mis sobrinos Nerón y Druso, se hallaban aquí, en Roma, con mi madre y conmigo, tenía al pequeño Cayo consigo. El hermoso niño se había convertido en la mascota del ejército y alguien le había confeccionado un traje de soldado en miniatura, con peto, espada, escudo y casco. Todos lo malcriaban. Cuando la madre le ponía la ropa y las sandalias comunes, rompía a llorar y pedía su espada y sus botitas para ir a visitar las tiendas. De modo que le pusieron de sobrenombre Calígula, o sea Bota Pequeña.
Lis es una apasionada del mundo clásico y esta mañana se encontraba leyendo Yo, Claudio, de Robert Graves, cuando, de repente, se le dibujó una sonrisa en la cara al leer estas líneas. Lo primero que se le venía a la cabeza al leer "Calígula" era un pensamiento negativo, pues de casi todos es sabido que fue un emperador muy cruel y despiadado. Pero descubrir el verdadero origen de su nombre le resultó hasta gracioso. A Lis le fascinaban este tipo de detalles, disfrutaba leyendo nimiedades de este calibre, porque este tipo de datos (in)significantes son los que a ella de verdad le alimentaban el alma.
15 de abril
El mes de febrero fue un mes decisivo en la vida de Lis. Resulta hasta paradójico que fuera febrero, y no octubre, abril o cualquier otro mes. Las noticias buenas superaron las otras “no tan buenas” que esperaba Lis con esa ansiedad permanente que la había invadido los meses atrás. Esa situación angustiosa desapareció, o fue desapareciendo gradualmente cada vez más. A ello contribuyeron varias personas, alguna que otra alegría académicamente hablando (a finales de enero sólo hubo disgustos en este sentido), llamadas en las que habló durante horas, y risas, muchas risas. Si ya dicen que la risoterapia ayuda a superar situaciones complicadas. Y tomó la decisión que tuvo que haber tomado tantísimos meses atrás. Quizá podría hablar hasta de un año atrás. Decidió desprenderse de la piedra que yacía en su zapatilla y que le impedía continuar su camino más cómoda y fácilmente. Qué razón tenía aquella mujer, le tenía que haber hecho caso en su momento. Pero en aquel momento a Lis sólo la invadía un halo de cobardía que le impedía cualquier movimiento y decisión que implicaran un cambio en su vida. Pero al fin y al cabo, se siente orgullosa de haberlo hecho en febrero por iniciativa propia, momento en que lo consideró estricta y absolutamente necesario. No todo van a ser lamentaciones. Esto justifica la ausencia de Lis en este rinconcito durante todos estos meses. Ha estado reestructurando su vida, dándole cierta forma, fijándose objetivos y haciendo planes futuros. Algo que hasta el mes de febrero había sido incapaz de hacer por sí sola. Ahora lo tiene todo mucho más claro. No está demasiado contenta con su presente, pero tampoco le decepciona, ya que, sobre todo, en el ámbito de sus estudios, ha visto una progresión positiva y sabe que algunos profesores confían en su potencial. Esto es algo que le ha infundido mucha fuerza y está exprimiendo al máximo esta situación. Está satisfecha consigo misma y está orgullosa de poder expresar algo así el 15 de abril de 2011.
Y, es que, lo peor estaba por llegar
Todavía no comprendía cómo aquellas palabras pudieron clavársele tanto, tanto, tanto que abriesen un agujero negro en su estómago y otro en su pecho, ahogándola profundamente, hiriéndola desconsoladamente, provocándole unas náuseas terribles y dejándole un gran surco en sus mejillas, provocado por aquel llanto tan amargo que emanaba con abundancia de sus tristes, apagados y ya lúgubres ojos. Se sintió abatida, desconsolada, tremendamente débil y exhausta, como si fuese a desfallecer en cualquier momento. Aquello era real, no estaba siendo una pesadilla ni un mal sueño. Estaba sufriendo realmente, aquellas circunstancias y acontecimientos inminentes la estaban marcando tanto como si Hefesto la estuviese quemando con el fuego de su fragua. La depresión asomaba por todos los poros de su piel y la estaba desbordando, al igual que sucedió aquella vez con la bañera, que olvidó que había dejado el grifo abierto para llenarla e intentar sumergirse en el agua hasta conseguir no salir a flote, y el agua desbordó la bañera, y no supo qué hacer. Lo mismo sucedía con ella. La depresión brotaba por cada recoveco de su cuerpo y no sabía si debía recogerla con una fregona o mejor llamar a los bomberos, porque la inundación comenzaba a transformarse en una emergencia urgente y, quizás, la fregona ya no fuese suficiente. El dolor, el llanto, la aflicción y el desconsuelo estaban haciendo mella en su ánimo y no veía la forma de salir airosa de aquella situación. Ni el momento. Y, es que, lo más posible, lo peor estaba por llegar.
Abrazos de emergencia
Había amanecido un día gris, de esos que a ella tanto le gustaban, sin ese sol dañino que daba en su ventana y que tanto le cegaba cuando intentaba estudiar. Cómo le agradaban los días nublados y correr sus cortinas para disfrutar de aquellos días a través de su ventana. Era temprano, así que, se dirigió a la cocina, a preparar su café y sus tostadas, como había acostumbrado a hacer desde el último verano (el segundo verano fatídico de su vida). Pero algo extraño percibió al entrar en la estancia. En el armario de cristal de la cocina donde guardaba sus tarritos (también de cristal) faltaba uno. ¿Dónde estaba? ¿Dónde se había metido? No podía haberla abandonado, no tan rápido. Aquel era su botecito de cristal preferido. Los coleccionaba porque aquella textura cristalina le fascinaba y les ponía etiquetas de colores para saber qué contenía cada tarrito. Es que últimamente le había dado por olvidarlo todo, qué cosas, y olvidaba hasta su nombre. Por eso, por si le acechaba un ataque olvidadizo de lo que le rodeaba, había decidido ir poniendo etiquetas de colores por toda la casa (adoraba el cristal, pero que todo estuviese colorido y vistoso era otra de sus manías). Sus botecitos de cristal se habían convertido en una pieza fundamental en su vida ahora y, de repente, esa mañana su preferido ya no estaba donde lo dejó por última vez. Era el que contenía los abrazos, de todo tipo, pero los de emergencia de los que más. Precisamente el que necesitaba con más urgencia, porque había días que, de repente, todo se tornaba oscuro y triste, y tenía que acudir a la cocina a por uno de aquellos abrazos que tanto conseguían tranquilizarla y sosegarla. También coleccionaba besos, y caricias, y sonrisas, y verdes esperanza, y cielos azules, de esos claritos, tirando a turquesa, o cielos grises, que también eran de sus preferidos, y mañanas de mermelada de fresa, y atardeceres en banquitos, con buena compañía, y tardes de lluvia, y, en definitiva, todas aquellas esencias de la vida que le hacían sentir bien, para tenerlas a mano en los momentos difíciles, oscuros y tristes. Pero el tarrito de los abrazos había desaparecido aquella mañana; quizá se fuera con él la tarde antes; quizá el se lo llevó, junto a su olor y su paso firme, tras la que podría haber sido su despedida, porque Dios sabe cuándo volverían a verse, así, uno junto al otro, en aquellas tardes tristes y oscuras en que él le regalaba aquellos abrazos para que se sintiera mejor, y la tarde ya no fuera tan triste y llorona. Los abrazos de emergencia se habrían acabado seguramente porque él se llevó su botecito de cristal preferido, y sin consultarle.
Una pizca pequeñita, claro
Hoy Lis se ha puesto guapa. Hacía mucho que no lo hacía. Se ha metido en la ducha, con su hermana pequeña, como hacían antaño, cuando a Lis le apetecía no estar sola (ahora casi detestaba las compañías, se había aferrado profundamente a la soledad). Pero hoy se han duchado juntas, y han jugado a tirarse agua una a la otra, y ¡cuidaoquememojaselpelo!, y se han divertido. Lo han pasado bien. Y sí, Lis también. Después se ha alisado el pelo (ya casi nunca lo hace, a pesar de que le encanta), se ha puesto su vestido preferido (y, ojo, casi nunca enseña sus piernas) y se ha calzado sus botas nuevas. Hasta se ha sentido guapa. Se ha mirado al espejo y se ha gustado un poquito, pero sólo una pizca pequeñita, claro. Y se han ido de compras. Y han vuelto a disfrutar juntas. Han llegado a casa, y han reído hasta quedar exhaustas; hasta cuando te quedas sin respiración y te ahogas; hasta que te duele el estómago y las lágrimas (y esta vez, no de tristeza) te resbalan por las mejillas. Se han reído, mucho. Y sí, Lis también. Aunque vuelva a ser domingoporlanoche y vuelva a meterse en la cama con esa sensación de vacío que le acompaña… ya ni recuerda el tiempo que le acompaña ese vacío asfixiante. Pero hoy su hermana le ha hecho sentir que sigue estando viva. Aunque sólo sea una pizca pequeñita, claro.
Zapatos nuevos
A veces compraba zapatos nuevos para calzar aquella tristeza que le envolvía. Era la solución más cómoda que creía haber encontrado para aliviar aquel dolor que le desbordaba por todas partes. Si calzaba unos buenos zapatos (y bonitos) seguro que sería capaz de aguantar mucho más tiempo de pie del que ahora era capaz. Y, al andar, el peso de la desolación seguro que lo podría sobrellevar mejor. O no, quién sabe. Igual estaba equivocada y la solución no era comprar zapatos nuevos. Ni bonitos. Porque, para qué engañarnos: ¿es que, acaso a la tristeza y el sufrimiento les importaba mucho los zapatos que podría comprarse Lis? Seguro que no. Seguro que les era indiferente. Seguirían haciendo que su cara estuviera triste; seguirían haciendo que sus ojos estuviesen bañados en lágrimas día sí, día también; y seguirían haciendo que Lis no tuviese esas ganas de vivir con las que se supone que una se tiene que levantar todos los días. Seguiría sintiéndose débil y desamparada, frágil y desprotegida, como aquellas veces en las que se tenía que acurrucar en la cama y encogerse sobre sí misma, acompañada por la soledad. Momentos en los que le hubiera gustado que Raúl estuviese a su lado, dándole esos abrazos que sólo él sabía darle (de esos calentitos, y largos, muy largos, cargados de caricias en la espalda), susurrándole al oído que no se preocupara, que él estaba allí para arroparla, que no se iba a mover de allí hasta que la tormenta hubiese pasado. Pero la realidad era otra, así que, Lis a veces decidía comprar zapatos nuevos. Quizá algún día acertara con unos que gustaran a la tristeza, ¿no? Todo era cuestión de probar.
16.43
16.43 aproximadamente. Llovía. Supo que aquel momento iba a ser el que tanto había estado no-esperando. Lo había visualizado así, casi perfectamente igual, en su mente, 56.856.315 millones de veces. Ese momento que tantas veces había querido evitar. Y que, finalmente, fue imposible. Y todo ocurrió tal y como estaba planeado. Una conversación. Que si tal, que si cual. Palpitaciones. Muchas palpitaciones. Deprisa, a 300 km por hora. Quizá 301. Temblores, por todo el cuerpo. La mirada fija en un punto, con las lágrimas ahí, expectantes; pero en realidad fue como si tuviera los ojos cerrados. En realidad todo estaba muy oscuro a pesar de esa luz que tanto daño le estaba haciendo. Y escuchaba, seguía escuchando a pesar de no poder soportarlo. Quería salir corriendo, de estampida. Pero las piernas se lo impedían, estaban inmovilizadas. Todo su cuerpo estaba paralizado. De hecho, no podía articular palabra. Era uno de esos momentos en que a veces olvidaba el abecedario y de cómo se construían las oraciones. Pero lo hizo, salió corriendo, aunque fue demasiado tarde. Y quiso lanzarse al suelo, mojado, y acurrucarse, cerrarse sobre sí misma y quedarse así por el resto de los restos. Mimetizándose con la lluvia que caía en ese instante. Y es que aquella mañana ya había visualizado todo lo que sucedería aquella tarde, a las 16.43, minuto arriba, minuto abajo. Fue exactamente igual, palabra más, palabra menos.
Tranquilidad
Debería ser ella quien estuviera en la cama de ese hospital. O cualquier otro. No le importaba. Al fin y al cabo, en un hospital. Pero era Lis quien tenía que ocupar aquel lugar. Por intento de suicidio, o que eso pensaran los médicos; o por un verdadero intento de suicidio, quién sabe. El caso era dejar a un lado su vida, aparcarla, quizás por unos meses, quizás para siempre, si no llegaban a tiempo. Pero de aparcarla al fin y al cabo. Era excesivo el tiempo ya el que llevaba tirando de su vida y de su cuerpo con una cuerda. Y diciendo, venga, un poco más, estamos llegando. Pero no, no llegaban a ningún sitio. Ni la cuerda, ni su cuerpo, ni su vida. Andaban en círculo, siempre en la misma dirección, y siempre sin saber a dónde les llevaba aquella trayectoria circular y viciosa. Quizá era hora de parar aquel sinsentido, así, de forma contundente, y de esta manera, respirar tranquilidad. Sí, eso era lo que andaba buscando de aquí para allá. Tranquilidad. Y muy contadas veces se topaba con ella cara a cara. Era cuestión de suerte o de Diossabequé. Así que, si la tranquilidad no venía a visitarla a ella, sería ella quien iría a buscarla. Todavía no había decidido cómo, pero lo haría, vamos que si lo haría. O, al menos, eso quería pensar.
Lis ya no sabía si quería volver a madrugar
Hacía ya varios meses que permanecía en la cama como mucho hasta las 8'30h. Siempre se levantaba antes de esa hora, ya fuera lunes, ya fuera domingo. No le importaba madrugar. Al contrario, había empezado a agradarle la idea. Le encantaba salir temprano al patio de casa, donde calentaba la leche, y sentir cómo el fresco de la mañana arañaba la piel de sus manos, pequeñas, y su rostro, triste, apagado desde hacía nosécuántotiempoya. Pero había aprendido a levantarse de la cama para disfrutar de aquella sensación de invierno que tanto hacía reír a sus huesos. Adoraba el invierno. El frío, la chimenea, salir a la calle con tropecientas capas de ropa. Y ese era uno de los alicientes que le permitían salir de entre las sábanas por las mañanas. El otro, preparar el desayuno. El suyo, claro, no había nadie más en casa a quien poder preparárselo. Y mira que le hubiera gustado preparárselo a él, pero eso ya es otra cosa. Le despejaba preparar su café con leche diario, bien calentito (para contrastar con el frío matutino), tanto que viera cómo el humo se retorcía saliendo de su taza azul preferida. Y dos tostadas, con queso, para contrastar con la dulzura de su café. Ya ves, le gustaban los contrastes. Su tercer aliciente, meterse en su habitación, el lugar donde últimamente tantas horas pasaba, abrir el correo electrónico y ver: Lis (1). Así, resaltado en negrita, con el unoentreparéntesis. Y, es que, bajo aquél Lis unoentreparéntesis subyacía algo más que un simple número encerrado por dos paréntesis en negrita. Por eso, cuando no encontraba el unoentreparéntesis lo buscaba incesante durante toda la mañana. Una y otra vez. Le impacientaba aquello, le entristecía no verle tan temprano por allí. ¿Es que acaso no le importaba? ¿Se habría olvidado de Lis? No podía hacerlo, era uno de los motivos por los que se levantaba antes de las 8'30h. Pero, a pesar de las dudas que acudían a Lis, pese a que pensara que el unoentreparéntesis podría no aparecer aquella mañana, siempre lo hacía. Más tarde o más temprano, pero siempre llegaba. Y aquello le gustaba. Le ayudaba a levantarse de su cama, era una de las razones porque lo hacía. Por eso, cuando se trastocaba este hábito, sufría, y se sentía desubicada. E intentaba aguantar, como una machota, porque el unoentreparéntesis era raro que apareciese un sábado o un domingo a las 8'30h. Pero casi nunca lo conseguía; nunca llegaba a ser una verdadera machota; siempre terminaba derrumbándose y acurrucándose sin fuerzas en aquella cama. Y entonces se volvía frágil, lo notaba. Era como si estuviera hecha de cristal muy muy fino, todo resquebrajado, con la posibilidad de deshacerse en diezmilpedacitospequeños en cualquier momento. Se sentía débil, pequeñita, y las lágrimas la mojaban tanto tanto que hasta la arrugaban. Y sentía que ya no podía hacer nada más. Que todo podría acabar. Así, ya no tendría que madrugar. Ni tendría que buscar alicientes para volver a levantarse de aquella cama. Lis ya no sabía si quería volver a madrugar.
Una tarde importante
-Venga, vamos a intentar normalizar esta situación, vamos a intentar reestructurar nuestra relación actual. Tenemos dos puntos sobre los que apoyarnos para conseguir avanzar: tú estás convencida de que yo no te hago (ni te he hecho nunca) daño a propósito (y estoy convencido de que así lo piensas) y yo estoy seguro de que tú no me haces daño a propósito. Pero sin querer, ambos nos estamos haciendo sufrir mutuamente y así no llegamos a ningún sitio. Creo que hemos sido y podemos seguir siendo unos muy buenos amigos sin tener que tomar medidas drásticas como en la que he pensado muchas veces: dejar de vernos. (Con sólo pensar en esa idea, a Lis se le nublaban los ojos). Tú eres muy importante para mí. Tú y tu felicidad me importáis mucho y veo absurdo tener que dejar de verte y terminar peleado contigo y estoy convencido de que tú tampoco quieres que acabemos mal y separados, ¿verdad?
Lis asentía a todo lo que Raúl decía mientras que sus ojos derramaban lágrimas sin cesar. Siempre había admirado (y siempre lo haría) la gran elocuencia de Raúl y esa capacidad tan perfecta de expresarse. Ella, sin embargo, sólo era capaz de construir paupérrimas construcciones sintácticas (y menos aún era capaz de construir un soliloquio como los que él conseguía pronunciar) en su presencia y solía expresarse más bien en monosílabos. Él lo sabía, conocía lo difícil que era para ella aquello y evitaba en la medida de lo posible presionarla. Aquella tarde, gracias a él, estaban llegando a buen puerto, ya que en los últimos días se habían distanciado un poco y debido a ello, la comunicación entre ellos estaba siendo un caos. Pero esa tarde le había dicho muchas cosas que consideraba importantes y que consiguieron tranquilizarla bastante, pues se encontraba perdida constantemente en un mar de lágrimas y con un pánico continuo en su cuerpo. No recuerda muy bien todas y cada una de aquellas cosas que le dijo. Sólo recuerda algunas palabras puntuales, algunas frases, dime algo, lo que sea, ¿crees que esta conversación está siendo beneficiosa o que te está perjudicando?, y un abrazo, un ven aquí y dame un abrazo... más fuerte... a ver si voy a tener que enserñarte... así, muy bien... lo vamos a hacer, ¿vale? dime que lo vamos a conseguir...
Y Lis asintió con la cabeza nuevamente, intentando convencerse a sí misma de que así sería. No estaba dispuesta a perder uno de los amigos más especiales que había tenido nunca.
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